El labrador se detuvo en medio del campo, para descansar junto a su yegua “Mala Cara” debajo de la sombra de unos sauces al costado del arroyo. El sol parecía querer prenderle fuego hasta a los cascotes de tierra que se quebraban como tizas cuando el disco del arado los separaba del suelo. El graznido provocador de los teros, siempre le avisaban del lugar del nido, al que esquivaba, pues la pachamama no perdona si no se respeta a sus hijos.
¿Sudor?, ¡que va!, ni sudor quedaba en ese cuerpo flaco y seco, aunque contaba solamente treinta y siete primaveras y otros tantos inviernos; y de los dientes ni hablar, que fueron su dolor por años por no haber dentistas, hospital o valor para ir al pueblo a curar esa boca llena de nadas o a la mitad de algo, teñidos con el ocre y negro del tabaco barato y del papel de fumar.
De pronto, una nube de polvo se levantó haciendo un remolino a lo lejos, en el camino. - ¡Satanás, diablos y demonios! – dijo para si y oteó lo más lejos que pudo, aguzando el olfato por si se sentía olor a azufre, temiendo que fuera la luz mala. A lo lejos y bien pequeña, se veía a una persona caminando hacia él; era una mujer que mientras caminaba se iba desnudando; cuando estuvo casi a su frente, se dio cuenta de la belleza que portaba, su cuerpo armónico y sensual, que pese a lo insólito de la situación, igual lo dejó excitado y deslumbrado.
Ella tenía una manzana roja y brillante en una de sus manos y con la otra comenzó a acariciarse los pechos. Con los ojos lo invitaba a hacer el amor y sus labios brillantes le incitaban a besarla, a poseerla y recostándose sobre la hierba fresca, bien al borde del agua y abriendo sus piernas le mostró el camino del placer acomodándose de espaldas, esperándolo para ser penetrada. Su corazón estaba a punto de estallar, la tentación era tremenda y sacando fuerzas desde lo más íntimo de sus fibras religiosas le dijo en voz alta: - ¡andáte de acá Satanás! - mientras le mostraba un crucifijo hecho en Palo Santo y que siempre llevaba al cuello colgando de una trenza hecha de crines.
La mujer transformó su mirada dócil y comenzó a vociferar palabras en un idioma para él desconocido mientras regresaba al mismo punto desde donde la había visto venir.
Rezando en voz alta, con el crucifijo en la mano y con mucho miedo, la siguió desde una distancia prudente y al cruzar la alambrada, pudo ver que la mujer se subía a un Lamborghini rojo y que con la mano izquierda le hacía señas a puño cerrado y el dedo del medio en alto mientras le gritaba: - ¡putou! putou!
domingo, 8 de agosto de 2010
Las tres puertas de San Pedro
Nadie desconoce que las catedrales tienen tres puertas, pero ¿Por qué la iglesia de San Pedro, que no es catedral, se engalana con ellas? Confieso que he buscado en crónicas y archivos pero no he dado con la solución del problema, así que me atengo a lo que me contó un viejo, gran escudriñador de antiguallas y conocedor de muchos secretos de Lima. He aquí la tradición:
San Francisco de Borja, en 1568, mandó a Lima a Jerónimo Ruiz de Portillo con cinco adláteres para que fundasen aquí la institución de los jesuitas. Llegados a la ciudad de los reyes empezaron la construcción del Colegio Máximo de San Pablo, que después de la expulsión de los jesuitas en 1767, pasó a llamarse convento de San Pedro, como hoy se le conoce.
Empezó a construirse en 1623 y demoró quince años en terminarse. Fue consagrado el 3 de julio de 1638, con asistencia del virrey conde de Chinchón y ciento sesenta jesuitas; ese mismo día se bendijo la campana, bautizada con el nombre de Agustina. Las fiestas duraron tres días la custodia se estimó en doce mil ducados.
El plano del templo dividía a la iglesia en tres naves, y se había solicitado a Su Santidad en Roma el permiso para una puerta. En esos tiempos el Vaticano acostumbraba halagar a las comunidades religiosas fundadas en el Perú. Así, la iglesia de San Francisco de Lima obtuvo los mismos honores que San Juan de Letrán en Roma. Por eso sobre la puerta de San Francisco en Lima se ven las llaves y la tiara. Los franciscanos, por mostrar su gratitud, grabaron en su coro esta nscripción anagramática, que se lee igual en cualquier sentido:
RARO
AMOR
ROMA
ORAR
Cuando el Papa recibió la solicitud de los jesuitas, se preguntó si era humildad de los hijos de Loyola, inocencia o alguna artimaña suya. ¿Querían realmente permiso del Vaticano para poner una puerta? Finalmente, el permiso fue concedido, aunque el Padre Santo no alcanzó a descubrir el entripado.
Cuando el permiso fue recibido, los jesuitas se apresuraron a construir tres puertas. El cabildo eclesiástico armo un lío de los mil diablos y se pidió al poder civil que se los obligue a retirar la tercera puerta. ¿De cuándo aca una compañía tiene privilegios de una Catedral?, decían muy enojados.
Los jesuitas sacaron su permiso firmado por el Papa. Los canónigos dijeron que el permiso no se referían especificamente a construir tres puertas sino el permiso para construir una puerta.
—¿Por que íbamos a pedir permiso para una puerta si ya sabemos que toda iglesia tiene derecho a dos? —argumentaban los jesuitas—, por tanto, el permiso es para una tercera. Está muy claro, señores canónigos.
El cabildo, por supuesto, no se dio por convencido y el asunto llegó a Roma. Su Santidad notó que los jesuitas le habían hecho una jugada maestra con eso del permiso; pero, como no era digno de un Papa confesar la burla, tomó una desición conciliadora. Permitió que la iglesia de San Pedro tenga sus tres puertas, pero prohibía bajo severas penas que la tercera fuera abierta, salvo casos de incendio, terremoto, aseo o refacción del templo.
Habrán visto ustedes que ni el Sábado de Gloria, cuando San Pedro se llena de gente, se abre la tercera puerta. Pues yo tampoco la he visto abierta. Un cerrojo mohoso es prueba de que el templo tiene una puerta de adorno, por fantasía o por chamberinada como decimos los criollos.
San Francisco de Borja, en 1568, mandó a Lima a Jerónimo Ruiz de Portillo con cinco adláteres para que fundasen aquí la institución de los jesuitas. Llegados a la ciudad de los reyes empezaron la construcción del Colegio Máximo de San Pablo, que después de la expulsión de los jesuitas en 1767, pasó a llamarse convento de San Pedro, como hoy se le conoce.
Empezó a construirse en 1623 y demoró quince años en terminarse. Fue consagrado el 3 de julio de 1638, con asistencia del virrey conde de Chinchón y ciento sesenta jesuitas; ese mismo día se bendijo la campana, bautizada con el nombre de Agustina. Las fiestas duraron tres días la custodia se estimó en doce mil ducados.
El plano del templo dividía a la iglesia en tres naves, y se había solicitado a Su Santidad en Roma el permiso para una puerta. En esos tiempos el Vaticano acostumbraba halagar a las comunidades religiosas fundadas en el Perú. Así, la iglesia de San Francisco de Lima obtuvo los mismos honores que San Juan de Letrán en Roma. Por eso sobre la puerta de San Francisco en Lima se ven las llaves y la tiara. Los franciscanos, por mostrar su gratitud, grabaron en su coro esta nscripción anagramática, que se lee igual en cualquier sentido:
RARO
AMOR
ROMA
ORAR
Cuando el Papa recibió la solicitud de los jesuitas, se preguntó si era humildad de los hijos de Loyola, inocencia o alguna artimaña suya. ¿Querían realmente permiso del Vaticano para poner una puerta? Finalmente, el permiso fue concedido, aunque el Padre Santo no alcanzó a descubrir el entripado.
Cuando el permiso fue recibido, los jesuitas se apresuraron a construir tres puertas. El cabildo eclesiástico armo un lío de los mil diablos y se pidió al poder civil que se los obligue a retirar la tercera puerta. ¿De cuándo aca una compañía tiene privilegios de una Catedral?, decían muy enojados.
Los jesuitas sacaron su permiso firmado por el Papa. Los canónigos dijeron que el permiso no se referían especificamente a construir tres puertas sino el permiso para construir una puerta.
—¿Por que íbamos a pedir permiso para una puerta si ya sabemos que toda iglesia tiene derecho a dos? —argumentaban los jesuitas—, por tanto, el permiso es para una tercera. Está muy claro, señores canónigos.
El cabildo, por supuesto, no se dio por convencido y el asunto llegó a Roma. Su Santidad notó que los jesuitas le habían hecho una jugada maestra con eso del permiso; pero, como no era digno de un Papa confesar la burla, tomó una desición conciliadora. Permitió que la iglesia de San Pedro tenga sus tres puertas, pero prohibía bajo severas penas que la tercera fuera abierta, salvo casos de incendio, terremoto, aseo o refacción del templo.
Habrán visto ustedes que ni el Sábado de Gloria, cuando San Pedro se llena de gente, se abre la tercera puerta. Pues yo tampoco la he visto abierta. Un cerrojo mohoso es prueba de que el templo tiene una puerta de adorno, por fantasía o por chamberinada como decimos los criollos.
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